
Opinión
Inteligencia artificial
El siguiente salto europeo en infraestructuras de inteligencia artificial

Julen Ugalde
Líder de equipo experto en Programas Europeos
Inteligencia artificial
La IA cambia evidencias, costes y control del desarrollo y obliga a reforzar la trazabilidad para asegurar los incentivos fiscales
De un vistazo: lo esencial de este artículo
La IA generativa y el ‘vibe coding’ están cambiando el desarrollo de software: se escribe menos código ‘a mano’ y se gobierna más el proceso. Ese giro desplaza la innovación del cómo se implementa al qué se decide y cómo se controla (arquitectura, validación, seguridad y gobernanza). En paralelo, obliga a repensar cómo se acredita la incertidumbre técnica y el avance tecnológico para sostener deducciones por I+D+i: con menos foco en líneas de código y más en trazabilidad, evidencias y control efectivo del resultado, incluida la propiedad intelectual.

Responsable del equipo de Incentivos fiscales I+D+i en Madrid
En los proyectos de desarrollo de software que aspiran a deducciones fiscales por I+D+i, hay dos preguntas que las consultoras, certificadoras y personas expertas repetimos – o deberíamos repetir – casi como un reflejo: ¿de quién es la propiedad intelectual del resultado? ¿Existe código y evidencia técnica suficiente para justificar el proyecto y su gasto?
Durante años, esas preguntas han funcionado como un eje de seguridad jurídica. Pero el terreno se mueve. El software entra en un cambio de paradigma que puede ser el mayor desde la aparición del compilador: la automatización del desarrollo mediante IA generativa y el fenómeno, todavía difuso pero cada vez más extendido, del llamado vibe coding – programar no tanto escribiendo líneas de código como formulando intenciones, requisitos y direcciones de alto nivel para que la máquina construya.
Pero, si la industria deja de medir el progreso por la cantidad de código picado, también cambiará la manera de demostrar el avance tecnológico y la incertidumbre técnica que están en el corazón de la I+D+i. Y eso afectará a la lógica de las evidencias, a la estructura de costes y, en última instancia, al modo en que empresas y Administración entienden qué es – y qué no es – una actividad deducible.
El debate no es futurista. Es regulatorio, competitivo y, en el fondo, político: toca la soberanía tecnológica (quién controla el proceso y el resultado) y el incentivo fiscal (qué reconoce el sistema como innovación real).
La deducción por I+D+i se sostiene, entre otros pilares, sobre la existencia de incertidumbre técnica y de un esfuerzo sistemático por resolverla. Pero la IA altera esa ecuación: problemas que antes exigían meses de iteración pueden resolverse en horas, incluso minutos, mediante herramientas accesibles y cada vez más estandarizadas.
Si ese es el escenario, el valor innovador tenderá a desplazarse: dejará de estar en el cómo – en el oficio de implementar – para concentrarse en el qué: la formulación del problema, el diseño de la solución, la arquitectura, la integración de modelos, la gobernanza del sistema y la gestión del riesgo (seguridad, sesgos, robustez, trazabilidad, cumplimiento).
La innovación no desaparece: cambia de lugar.
Una imagen ayuda a entenderlo. Pensemos en el desarrollo de software como la construcción de un edificio. En el nuevo ecosistema, la IA se parecería a robots capaces de colocar ladrillos con una rapidez y precisión imposibles para un humano. ¿Vuelve eso prescindible al arquitecto? Justo lo contrario. Lo hace más necesario.
Porque alguien tiene que definir la estructura, decidir los materiales, asegurar los cimientos, diseñar la distribución, anticipar fallos, cumplir normativa y, sobre todo, responder por el resultado. En software, esa responsabilidad se traduce en arquitectura, modelos de datos, seguridad, pruebas, integración, criterios de calidad y decisiones técnicas que no caben en una simple instrucción: exigen método, trazabilidad y juicio profesional.
Si el código se genera, el valor diferencial será cada vez más el criterio que lo gobierna.
Ahora bien, hay una trampa frecuente en estos debates: confundir un cambio tecnológico con un cambio normativo. La tecnología acelera, pero la deducción fiscal está anclada a un marco jurídico concreto. En España, el incentivo por I+D+i exige encuadrar las actividades conforme a la normativa vigente – y, en el caso del software, esto implica describir con precisión el avance tecnológico, la novedad y la incertidumbre, y conectar esa realidad con el encaje técnico correspondiente.
En un mundo de vibe coding, lo deducible no será la intención. Será el proceso técnico acreditable. La empresa tendrá que demostrar, con documentación consistente, que hay una contribución de ingeniería: decisiones, hipótesis, pruebas, iteraciones, descartes, controles, resultados y aprendizaje. Y tendrá que hacerlo de forma comprensible para terceros: consultoras, certificadoras, auditoras y Administración.
Si hay una palabra que va a ganar peso en los próximos años es trazabilidad. En proyectos donde el resultado se co-genera con modelos, la seguridad jurídica dependerá en gran medida de poder acreditar una intervención humana sustancial y un control efectivo del proceso. No basta con pedir a la IA: hay que gobernarla.
Eso obliga a replantear qué entendemos por desarrollo e implementación en proyectos de software. Una parte relevante del trabajo técnico ya no estará en escribir código, sino en diseñar el sistema de producción del software: protocolos de interacción con la IA, diseño y versionado de prompts complejos, criterios de validación, mecanismos de seguridad, evaluación de rendimiento, control de dependencias, gestión de datos de entrenamiento o de contexto, y pruebas que demuestren que el sistema es fiable y cumple lo que promete.
Documentar ese manual de instrucciones del arquitecto será decisivo para sostener dos cuestiones críticas: que la innovación reside en la capacidad de ingeniería de la empresa (y no en el azar del algoritmo) y que el control del resultado – y con él, la propiedad intelectual y la responsabilidad – no se ha externalizado de facto a un proveedor o a un modelo opaco.
Hay además un efecto secundario que conviene no subestimar: conforme estas herramientas se generalicen, el estado del arte se elevará. Lo que hoy parece sofisticado puede convertirse mañana en una prestación estándar en una plataforma comercial. Ese desplazamiento erosiona la frontera de lo novedoso y obliga a afinar el discurso técnico: no se tratará de afirmar que se usa IA, sino de explicar qué avance se ha logrado respecto a lo que ya es accesible y replicable.
Y aquí aparece otra tensión: la relación entre IA y derechos de autor, licencias y propiedad intelectual. La pregunta ¿de quién es esto? será cada vez menos retórica.
El escenario que se abre no es el fin de la innovación. Es una innovación más exigente. El software, como activo intangible, requerirá una ingeniería de procesos más sólida, porque la cadena de valor se desplaza hacia el diseño, la validación, la seguridad y la gobernanza.
La disrupción ya está aquí. Pero que esa disrupción se traduzca en valor deducible por I+D+i dependerá, muchas veces, de algo clásico: el método. Mantener al ser humano en el centro no como operador mecánico, sino como arquitecto responsable. Y adaptar la manera de justificar la I+D+i a la realidad operativa de las empresas y a las tecnologías que ya están redefiniendo el sector.
En ese tránsito, el reto no es menor: actualizar criterios, evidencias y procesos sin perder el anclaje normativo que da seguridad jurídica. Porque, en la era del vibe coding, la pregunta decisiva ya no será cuántas líneas de código hemos escrito, sino cuánto control técnico – y cuánta inteligencia de ingeniería – hemos aportado para que el resultado sea realmente nuevo, fiable y defendible.

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