
Opinión
Horizon Europe
Horizon Europe y su impacto en la innovación europea

Camino Correia
Directora del área de Proyectos Europeos / Comité Ejecutivo
Innovación social
La UE impulsa un enfoque que integra una aceptación amplia, una participación real y un arraigo duradero desde el diseño de la propuesta
De un vistazo: lo esencial de este artículo
Europa empieza a asumir que la innovación no puede medirse solo por su madurez tecnológica o su potencial de mercado. Los ‘societal readiness pilots’ introducen una lógica distinta: evaluar desde el inicio si una solución puede entenderse, aceptarse e implantarse en contextos sociales reales. El cambio no es menor, porque desplaza el foco desde la mera viabilidad técnica hacia la legitimidad, la participación y la capacidad de arraigo. En el fondo, Bruselas empieza a reconocer que innovar también exige preparar a la sociedad para formar parte activa del cambio.

Líder del área de Innovación social de Proyectos europeos
Durante años, buena parte del ecosistema europeo de innovación ha operado bajo una premisa implícita: una solución debe ser técnicamente sólida, financieramente viable y escalable para considerarse exitosa. Este enfoque tiende a dejar en segundo plano a los actores implicados en los procesos de diseño, producción y comercialización. La experiencia acumulada en ámbitos como la energía, la movilidad, la digitalización, la vivienda o la transición industrial, sin embargo, demuestra que esa secuencia no siempre funciona. De hecho, a veces ocurre lo contrario: proyectos técnicamente brillantes fracasan no por falta de excelencia científica, sino por no haber comprendido a tiempo el contexto social en el que buscaban desplegarse.
Es precisamente ahí donde cobra sentido el concepto de preparación social (societal readiness) y se observa su incorporación en proyectos piloto pertenecientes a determinados topics de Horizon Europe. Estos no deben interpretarse como una moda terminológica ni como una exigencia cosmética, sino como una señal de fondo: la Comisión Europea empieza a reconocer que la innovación no puede medirse únicamente por su grado de madurez tecnológica, sino también por su grado de madurez social.
En términos concretos, los societal readiness pilots son líneas piloto que incorporan, desde el propio diseño del proyecto, una evaluación y una construcción deliberada de las condiciones sociales necesarias para que una innovación pueda adoptarse, comprenderse, aceptarse y generar impacto real.
No se limitan, por tanto, a validar una solución desde el punto de vista técnico. Su objetivo es poner a prueba también su encaje social: cómo responde a necesidades reales, cómo afecta a distintos grupos, qué resistencias puede generar, qué capacidades institucionales o comunitarias requiere y qué tipo de participación es necesaria para que su implementación sea viable y legítima.
Dicho de otro modo, estos pilotos parten de una idea sencilla, pero de gran alcance: una innovación no está verdaderamente preparada solo porque funcione, sino porque puede integrarse en la vida social, institucional y territorial de manera efectiva. Por eso estos enfoques suelen incorporar componentes como la participación temprana de actores relevantes, la cocreación con usuarios o comunidades, la identificación de barreras culturales o sociales, la integración de las Ciencias Sociales y Humanidades (SSH) y el análisis de las condiciones de adopción más allá del rendimiento técnico.
Esta evolución marca un cambio relevante. Durante mucho tiempo, la conversación sobre preparación de proyectos ha estado dominada por marcos como el avance técnico de una determinada tecnología (technology readiness level, TRL). Más recientemente, también han ganado espacio nociones como la preparación de mercado o la capacidad de explotación. Pero la dimensión social ha permanecido, en demasiadas ocasiones, en un plano secundario: como requisito transversal, como apartado de impacto, o como ejercicio de participación incorporado al final del diseño del proyecto.
Los societal readiness pilots cuestionan precisamente esa lógica. Nos obligan a preguntarnos no solo si una innovación puede funcionar, sino si puede hacerlo con la sociedad, para la sociedad y dentro de la sociedad. Es decir: si responde a necesidades reales, si dialoga con las capacidades y expectativas de los territorios, si anticipa resistencias, si integra perspectivas diversas y si es capaz de generar legitimidad social, además de rendimiento técnico.
Desde la óptica de la innovación social, este giro es especialmente significativo. Durante años, este campo ha defendido que los grandes retos contemporáneos no pueden abordarse desde una lógica puramente sectorial o tecnocrática. La exclusión, la desigualdad territorial, la transición ecológica justa, el envejecimiento, la cohesión democrática o la aceptación social de nuevas infraestructuras son desafíos complejos, atravesados por factores culturales, institucionales, económicos y relacionales.
No basta con diseñar soluciones técnicamente viables; también hay que diseñar mejores condiciones de adopción, apropiación y gobernanza. En ese sentido, los societal readiness pilots no deberían leerse únicamente como una oportunidad para incorporar actividades participativas o reforzar la presencia de las SSH en propuestas europeas. Eso sería reducir su alcance. Su potencial transformador es mayor: invitan a cambiar la arquitectura misma del proyecto innovador.
Un proyecto socialmente preparado no es aquel que consulta a sus grupos de interés en una fase puntual, sino aquel que integra la inteligencia social en su propia lógica de intervención. Esto implica, entre otras cosas, identificar desde el inicio qué actores se verán afectados, qué tensiones pueden emerger, qué barreras culturales o institucionales condicionarán la implantación, qué capacidades deben activarse localmente y qué formas de cocreación permiten ajustar la solución a realidades diversas.
Implica también asumir que la aceptación social no es un resultado automático de la información o la comunicación, sino una construcción que depende de confianza, reciprocidad y sentido compartido.
Por eso, la relevancia de este enfoque va más allá de los proyectos explícitamente sociales. De hecho, una de las señales más interesantes de la agenda europea actual es que la dimensión social empieza a penetrar en campos tradicionalmente considerados técnicos: energía, movilidad, industria o digitalización. No se trata de añadir un componente social para cumplir con una expectativa política. Se trata de entender que, en todos esos ámbitos, la viabilidad de las soluciones depende cada vez más de factores sociales: hábitos de uso, percepción del riesgo, equidad distributiva, participación comunitaria, capacidad institucional y justicia territorial.
Este desplazamiento tiene consecuencias importantes para quienes diseñan y acompañan proyectos europeos. La primera es estratégica: ya no basta con encajar una idea en una convocatoria; hay que demostrar que esa idea comprende el ecosistema humano, social e institucional en el que quiere intervenir. La segunda es metodológica: la interdisciplinariedad deja de ser una aspiración genérica y se convierte en una condición operativa real. Y la tercera es política: la innovación europea empieza a reconocer que transformar sociedades no consiste solo en transferir tecnología, sino en construir procesos legítimos, inclusivos y sensibles al contexto.
El enfoque abre una vía prometedora. Nos recuerda algo esencial: en contextos de transformación acelerada, la innovación relevante no es la que llega antes, sino la que logra arraigar mejor. Y para arraigar, una solución debe ser técnicamente robusta, sí, pero también socialmente inteligible, institucionalmente viable y democráticamente sostenible.
Europa parece empezar a asumirlo. Y esa quizá sea una de las señales más interesantes del momento actual: la constatación de que la innovación del futuro no se jugará solo en laboratorios, centros tecnológicos o mercados, sino también en la capacidad de escuchar, involucrar y preparar a la sociedad para formar parte activa del cambio.

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