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Susana Garayoa
Responsable de Relaciones Institucionales en Bruselas
CLÚSTERES
Los clústeres de proyectos europeos recurren cada vez más a la comunicación para construir coherencia
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Los clústeres de proyectos europeos son cada vez más habituales en un contexto de investigación marcado por retos complejos y objetivos compartidos. Sin embargo, para que estas agrupaciones generen un impacto real no basta con trabajar sobre una misma temática o desarrollar actividades conjuntas. También es necesario construir una voz común.

Líder del área de Diseminación y Comunicación de Proyectos Europeos
En el panorama europeo de la investigación, los proyectos rara vez se desarrollan de forma aislada. Nacen, evolucionan y convergen en torno a ambiciones compartidas. En este sentido, los clústeres no son algo nuevo, sino una respuesta casi natural a la creciente complejidad de los retos que buscan abordar. Y, sin embargo, a menudo falta algo esencial.
Aunque los proyectos se agrupan bajo temáticas comunes, sus voces siguen dispersas y sus historias, fragmentadas. Lo que debería convertirse en un relato colectivo acaba diluyéndose, demasiadas veces, en conversaciones paralelas que compiten por la atención de una misma audiencia.
Las afinidades temáticas y tecnológicas pueden acercar a los proyectos, pero es la comunicación la que los une en un conjunto coherente. Y, en última instancia, la que les da una voz propia.
Los clústeres de proyectos europeos aspiran a algo más que a la proximidad. Proponen una forma de alineación: un esfuerzo por conectar conocimiento, reducir la fragmentación y ampliar el alcance de los resultados más allá de los límites de un único proyecto.
Dentro del panorama europeo de la investigación, esta promesa resulta especialmente atractiva: que, gracias a la coordinación, los proyectos no solo coexistan, sino que puedan tener mayor resonancia en las políticas públicas, la industria y la sociedad. Pero esta promesa no se materializa sola.
Hay que construirla, con paciencia e intención, a través de prácticas compartidas. Los clústeres toman forma en la repetición discreta de reuniones de coordinación, en la alineación gradual de mensajes y en el esfuerzo común por hablar juntos, y no solo unos al lado de otros.
También surgen a través de campañas cooperativas y momentos colectivos de visibilidad —un webinar, una mesa compartida en una conferencia, una publicación conjunta— en los que los proyectos empiezan a sentirse parte de un relato más amplio.
Incluso los formatos más tangibles, como las identidades visuales o los materiales de comunicación comunes, ayudan a reconocer el clúster como una forma compartida. Con el tiempo, estos gestos se acumulan y lo que parecía una agrupación poco definida empieza a tomar una forma reconocible desde fuera.
Y, sin embargo, incluso cuando estas prácticas existen, los clústeres no siempre logran la conexión que prometen. Los mecanismos están ahí, las actividades comunes avanzan, pero algo sigue resistiéndose a consolidarse.
A menudo, la comunicación continúa anclada en cada proyecto individual, condicionada por sus calendarios, sus entregables y sus prioridades internas.
Se intenta la alineación, pero no siempre se sostiene. Hay colaboración, pero no siempre se traduce en una voz compartida. El resultado es una forma de coexistencia más que de convergencia: los esfuerzos se acumulan, pero no llegan a reforzarse plenamente entre sí.
En el fondo de esta cuestión hay una ausencia estructural. Los proyectos rara vez cuentan con un centro de gravedad claro en torno al que organizarse; una función responsable no solo de coordinar, sino también de orientar el relato común.
En este sentido, la comunicación ocupa un espacio ambiguo: es esencial para el éxito del clúster, pero se acerca a una forma de supracoordinación sin un ámbito de responsabilidad formalmente reconocido. Es una función que exige tiempo y continuidad más allá de los límites de cada proyecto, y que corre el riesgo de verse como una carga adicional en lugar de como una inversión compartida.
Cuando este esfuerzo se asume de forma colectiva, se consolida. Lo disperso se alinea. Lo que parecía duplicado, en realidad, se reduce.
Un clúster no se vuelve coherente solo porque los proyectos colaboren. Las actividades están ahí: webinars conjuntos, campañas compartidas y eventos comunes. Pero, por sí solas, no necesariamente conectan. Generan visibilidad, pero no siempre continuidad.
Lo que falta no son más acciones, sino el esfuerzo de enlazarlas en el tiempo. Esto requiere dedicación y un nivel de atención que va más allá de las responsabilidades inmediatas de cada proyecto.
En algún momento, alguien tiene que ocuparse de eso. No necesariamente en un sentido formal, pero sí en la práctica: seguir lo que hacen los demás, identificar conexiones, alinear mensajes y orientar el rumbo en una misma dirección.
A menudo, este papel acaba siendo asumido por los equipos de comunicación que trabajan de forma transversal en varios proyectos, aunque no siempre esté definido explícitamente como parte de sus funciones.
Para que esto funcione, la comunicación debe formar parte del proceso y no incorporarse solo como último recurso. Esto implica confianza. Los equipos técnicos y los socios deben estar abiertos a dejar que la comunicación ayude a dar forma a cómo se presentan los avances de manera colectiva, como un esfuerzo conjunto, y no solo a traducir resultados cuando ya están cerrados.
En un contexto en el que la colaboración se impulsa cada vez más, es probable que los clústeres sigan siendo un rasgo clave del panorama europeo de la investigación. La pregunta ya no será si las iniciativas deben trabajar juntas, sino cómo hacer que esa cercanía tenga sentido durante la vida de los proyectos y más allá.
Esto no ocurre automáticamente por compartir objetivos ni por multiplicar actividades. El esfuerzo por conectar, alinear y mantener un sentido de dirección se construye de forma continua. Al fin y al cabo, la mayoría de las iniciativas no fueron diseñadas originalmente para agruparse y funcionar como una sola.
Aquí es donde la comunicación asume un papel diferente. No como una capa transversal añadida, sino como parte del proceso que permite que los resultados se relacionen entre sí y se conviertan en algo intencional, reconocible, seguido y comprendido.
Y quizá sea en ese punto cuando los clústeres cumplen su promesa: no solo como una forma de reunir proyectos, sino como una forma de permitirles hablar.

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